Hay veranos que dejan una huella difícil de borrar. Este está siendo uno de ellos. Montañas envueltas en humo, vecinos observando con angustia cómo las llamas se acercan a sus casas y cientos de personas luchando durante horas, e incluso días, para evitar que el fuego siga devorando aquello que la naturaleza ha tardado décadas en construir.
Los incendios que han marcado este verano, desde Madrid hasta Cerro Muriano, pasando por otros muchos puntos del país, han vuelto a demostrar que cada año es más devastador que el anterior. Pero detrás de esas imágenes que ocupan portadas e informativos hay historias que rara vez se cuentan. Historias de personas que apenas descansan, que trabajan bajo temperaturas extremas, cargando decenas de kilos de material y afrontando situaciones límite con un único objetivo: proteger vidas y preservar el monte.
Una de esas personas es Antonio Jiménez, vecino de El Carpio y bombero forestal. Su historia no comenzó el día que se puso por primera vez el uniforme. Empezó mucho antes, cuando era un niño que descubrió la naturaleza de la mano de su padre, de su abuelo y de su hermano. La caza, la pesca, la recogida de setas o los paseos por Sierra Morena hicieron que aquel paisaje dejara de ser simplemente un lugar para convertirse en parte de su vida.
Cuando llegó el momento de elegir un camino, no necesitó pensarlo demasiado."No encontraba una forma mejor de devolverle al monte todo lo que me había dado que dedicándome a protegerlo." Una frase que resume una vocación nacida mucho antes de enfrentarse por primera vez a un incendio.

Este verano apenas ha conocido el descanso. Primero llegaron cuatro intensos días combatiendo el incendio de La Mierla, en Guadalajara. Después, casi sin tiempo para recuperarse, volvió a sonar otro aviso. Esta vez era Cerro Muriano, donde hacían falta todos los efectivos disponibles."Está siendo un verano muy duro, prácticamente sin un solo día de tregua", reconoce.
"La adrenalina hace que dejes de pensar en el miedo, en el calor o en el cansancio"
Cada aviso comienza prácticamente igual, antes incluso de subir al vehículo: "Lo primero que sientes es nerviosismo e incertidumbre por saber dónde se ha producido el incendio, qué está ardiendo o qué dimensión puede alcanzar antes de llegar". Sin embargo, cuando llegan al frente del fuego todo cambia."La adrenalina hace que dejes de pensar en el miedo, en el calor o en el cansancio. Solo existe una prioridad: hacer nuestro trabajo lo mejor y lo más rápido posible."
Y es precisamente en ese momento cuando muchas veces olvidamos que bajo el casco también hay una persona. Un hijo. Un hermano. Un amigo. Un padre. Alguien que tiene una familia esperando noticias al otro lado del teléfono.
Antonio intenta proteger a los suyos de la misma manera que protege el monte. Evita contarles las situaciones más complicadas para no aumentar su preocupación. Pero sabe que, cuando pasan muchas horas sin poder llamar, la inquietud aparece inevitablemente."No hace falta explicarles demasiado. Ellos saben perfectamente el peligro que existe."
Las heridas que deja el fuego
Hay incendios que terminan cuando se apagan las llamas. Otros, sin embargo, continúan durante mucho tiempo en la memoria de quienes los han vivido desde dentro. Antonio reconoce que no todas las intervenciones se olvidan igual. "Hay incendios que son uno más. Pero hay otros que siguen conmigo durante varias noches. Por la magnitud que alcanzan, por todo lo que destruyen o porque conocía ese lugar antes de verlo convertido en cenizas." Son heridas invisibles. De esas que nadie aprecia desde fuera, pero que acompañan durante mucho tiempo a quienes trabajan en primera línea.
"Después de lo que he visto este año, diría que el noventa por ciento del problema es el abandono de los montes"
Después de vivir algunos de los grandes incendios de este verano, también ha cambiado su forma de entender por qué los fuegos alcanzan hoy dimensiones tan devastadoras. Durante años pensó que la responsabilidad estaba repartida entre el cambio climático y el abandono del monte. Ahora cree que el verdadero problema tiene mucho más que ver con este último.

"Después de lo que he visto este año, diría que el noventa por ciento del problema es el abandono de los montes." Lo explica de forma muy sencilla. En los montes que se cuidan y se mantienen, el fuego encuentra más dificultades para avanzar. Sin embargo, allí donde la vegetación crece sin control y falta mantenimiento, las llamas se propagan con mucha más rapidez y fuerza. "El cambio climático crea las condiciones para que exista un incendio. Pero el abandono hace que ese incendio sea enorme."
Lejos de señalar a la ciudadanía por las imprudencias, considera que la sociedad está cada vez más concienciada. "La mayor imprudencia que cometemos es no escuchar a la gente que verdaderamente vive del monte. Creo que la sociedad en general está bastante concienciada de los peligros y las medidas preventivas que están al alcance de cada uno, como puede ser no arrojar colillas o basura. Personalmente pienso que la gestión de los montes debe pertenecer a las personas que viven y sustentan a sus familias con la explotación forestal."
"Lo primero siempre es proteger la vida". Cuando le preguntamos qué debe hacer una familia si un incendio amenaza su vivienda, la respuesta llega sin titubeos. "La prioridad nunca son las cosas. Lo primero siempre es proteger la vida de la familia y seguir las indicaciones de los profesionales." Una reflexión que cobra todavía más valor cuando llega de alguien acostumbrado a convivir con el riesgo.
"En el fuego aprendemos a aprovechar cada oportunidad que nos da el viento, la humedad o la temperatura para poder vencerlo"
Una de las reflexiones más personales de Antonio llega al hablar de las enseñanzas que el fuego deja más allá del propio trabajo. Para él, combatir un incendio también es una lección aplicable al día a día. "En el fuego aprendemos a aprovechar cada oportunidad que nos da el viento, la humedad o la temperatura para poder vencerlo. Creo que en la vida ocurre exactamente igual. Las oportunidades hay que aprovecharlas cuando aparecen."

Habla con la serenidad de quien no busca reconocimiento ni protagonismo. De quien simplemente siente que está haciendo aquello para lo que un día decidió prepararse. Quizá por ello tenga tan claro el mensaje que enviaría al mundo. "Que queramos y protejamos nuestra tierra, nuestros pueblos y nuestra gente para que quienes vengan detrás puedan disfrutar de lo mismo que hemos disfrutado nosotros." Porque un bosque tarda décadas en crecer y apenas unas horas en desaparecer.
Y mientras el humo vuelve a teñir de gris el cielo cada verano, hay personas como él, que siguen entrando allí donde todos los demás salen. No lo hacen para convertirse en héroes. Lo hacen porque creen que cada árbol salvado, cada vivienda protegida y cada incendio detenido a tiempo son una oportunidad para que el monte vuelva a respirar. Y porque proteger la naturaleza es, en el fondo, proteger el futuro de todos.
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