Villa del Río vuelve a situarse en el mapa de la historia contemporánea y del fotoperiodismo internacional. Noventa años después de que Robert Capa y Gerda Taro recorrieran la provincia de Córdoba para documentar los primeros meses de la Guerra Civil española, varias fotografías atribuidas al célebre reportero han regresado simbólicamente al paisaje en el que, según una reciente investigación, fueron tomadas: el entorno del cortijo El Palomar, en el término municipal villarrense.
La relevancia de la identificación ha traspasado el ámbito local. El prestigioso periódico británico The Telegraph ha mencionado a Villa del Río en relación con estas imágenes, protagonizadas por un grupo de milicianas y por algunas personalidades políticas y militares de la época. La repercusión internacional del hallazgo supone un importante reconocimiento para el municipio y para quienes han contribuido a localizar el escenario exacto de las fotografías.
Según explica Francisco Luna Mantas, cronista oficial de Villa del Río, en las imágenes aparecen Gerda Taro, Alejandro Peris, Ignacio Gallego y López Quero, acompañados por milicianos y milicianas. La identificación de los personajes forma parte de la investigación desarrollada por Fernando Penco, estudioso de la obra de Robert Capa y de su recorrido por tierras cordobesas durante la Guerra Civil.
A esta investigación se sumó la colaboración de los villarrenses Juan Carlos Sánchez Coba, Juan Relaño y el propio Francisco Luna Mantas, cuyo conocimiento del territorio resultó decisivo para interpretar los elementos del paisaje presentes en las fotografías.
No se trata solamente de haber reconocido un lugar. Se trata de incorporar a Villa del Río al itinerario histórico de dos figuras fundamentales del fotoperiodismo del siglo XX y de recuperar un episodio relacionado con los días que precedieron a una de las imágenes más famosas y controvertidas de la historia de la fotografía: Muerte de un miliciano, conocida popularmente como El miliciano caído.
Un paisaje oculto durante noventa años
Las fotografías muestran a Gerda Taro junto a varias milicianas y, en otra composición más amplia -la adjuntada más arriba-, junto a combatientes y dirigentes vinculados al bando republicano. Durante décadas, el lugar donde fueron realizadas permaneció sin identificar de manera precisa. El paso del tiempo, las transformaciones agrícolas y la modificación del entorno dificultaban comparar el paisaje de 1936 con el actual.
Sin embargo, algunos detalles conservaban las claves necesarias para resolver el enigma. El puente de hierro, los cerros de San Cristóbal y la Gavilanera, el arroyo Salado, el antiguo caserío del cortijo El Palomar y la configuración de los terrenos agrícolas comenzaron a formar un verdadero mapa visual.

La investigación no avanzó de manera lineal. Fue necesario recorrer distintos puntos, ensayar perspectivas y comparar cada accidente visible en las fotografías con el territorio actual. Algunas hipótesis iniciales no terminaban de encajar: la distancia entre los personajes y el horizonte, la orientación de los cerros o la naturaleza del espacio situado detrás del grupo planteaban dudas.
La clave llegó cuando Juan Relaño, biólogo y profundo conocedor del paisaje villarrense, advirtió que la superficie que aparecía detrás de los protagonistas no era el río, como inicialmente podía parecer, sino una era agrícola.
La observación cambió la interpretación de las imágenes. A comienzos de septiembre de 1936, la cosecha de trigo ya se había recogido y las eras ofrecían superficies amplias y despejadas. La ribera del Guadalquivir y las explotaciones agrícolas de la zona presentaban además una apariencia muy diferente a la actual.
Una vez identificado correctamente ese elemento, las piezas comenzaron a encajar. La era conducía hacia el entorno de El Palomar, una finca perteneciente a la familia Alvear que, según la información aportada por Luna Mantas, se encontraba durante aquellos meses bajo un régimen de colectividad agraria al servicio de los trabajadores y de la República.
La posición del antiguo cortijo, la era, el arroyo Salado, el puente de hierro y los cerros visibles en la distancia coincidían con la perspectiva registrada por la cámara. El escenario llevaba décadas a la vista, pero había sido necesario reconstruir mentalmente el paisaje desaparecido para poder reconocerlo.
Una investigación nacida de una conversación
El hallazgo fue posible gracias a una cadena de encuentros y colaboraciones. Fernando Penco se desplazó hasta Villa del Río en busca de la posible ubicación de las fotografías. Allí entró en contacto con Juan Carlos Sánchez Coba, quien comprendió la importancia de la investigación y decidió ponerlo en contacto con Francisco Luna Mantas.

Luna relacionó inmediatamente la consulta con Robert Capa. Penco lleva años estudiando la presencia del fotógrafo y de Gerda Taro en Córdoba, así como las circunstancias que rodearon la realización de Muerte de un miliciano.
A partir de ese momento, la investigación histórica se trasladó de los archivos al territorio. Penco, Sánchez Coba y Luna Mantas compararon perspectivas y estudiaron posibles emplazamientos, aunque las primeras localizaciones no ofrecían una correspondencia satisfactoria.
Fue entonces cuando recurrieron a Juan Relaño. Su capacidad para interpretar las transformaciones del medio rural permitió distinguir la antigua era y orientar definitivamente la búsqueda hacia El Palomar.
Capa y Taro antes del gran icono
La importancia de las imágenes aumenta al situarlas en el itinerario seguido por Robert Capa y Gerda Taro durante los primeros días de septiembre de 1936. La hipótesis de los investigadores es que las fotografías fueron realizadas poco antes del reportaje asociado a Muerte de un miliciano, localizado en el municipio cordobés de Espejo.

Los estudios sobre este célebre reportaje sitúan su realización en los primeros días de septiembre, aunque continúan existiendo incógnitas sobre la fecha concreta y el orden exacto del recorrido de los fotógrafos. La presencia de Capa y Taro en Cerro Muriano el 5 de septiembre de 1936 aparece respaldada por testimonios contemporáneos, mientras que la localización en Espejo de la serie del miliciano fue establecida a partir de las imágenes aparecidas en la llamada Maleta Mexicana y del trabajo de varios investigadores, entre ellos Fernando Penco.
La vinculación de Villa del Río con ese itinerario permite reconstruir con mayor detalle los movimientos de ambos reporteros durante unas jornadas decisivas. Las fotografías villarrenses serían, en consecuencia, una etapa dentro de un recorrido que pudo incluir Villa del Río, Cerro Muriano y Espejo entre los días 4 y 6 de septiembre de 1936.
Robert Capa, seudónimo del fotógrafo húngaro Endre Ernő Friedmann, acabaría convertido en una leyenda del fotoperiodismo. Cubrió numerosos conflictos internacionales y sus imágenes del desembarco aliado en Normandía, tomadas el 6 de junio de 1944, quedaron incorporadas para siempre a la memoria visual del siglo XX.
Gerda Taro, nacida como Gerta Pohorylle, fue mucho más que la compañera sentimental de Capa. Fue una reportera gráfica pionera, con una trayectoria propia. Murió en julio de 1937 a consecuencia de las heridas sufridas durante la batalla de Brunete, cuando apenas tenía 26 años. Su prematura muerte y la difusión de parte de su trabajo bajo la firma común de Capa contribuyeron durante décadas a oscurecer su autoría y su legado.
Precisamente por ello adquiere especial importancia que una de las fotografías de Villa del Río la muestre integrada en el grupo humano al que ambos reporteros estaban documentando.

Villa del Río, enclave estratégico de las milicias
La localización geográfica resuelve una pregunta fundamental, pero abre otra de mayor alcance: ¿por qué estaban Capa, Taro y aquellos dirigentes y milicianos en el cortijo El Palomar?
La presencia del grupo no habría sido necesariamente casual. Villa del Río desempeñó un papel estratégico durante la primera fase de la Guerra Civil. De acuerdo con la información recogida por Francisco Luna Mantas, el municipio llegó a funcionar como cuartel general de las milicias y como punto de referencia para los Batallones de Voluntarios de Andalucía.
Un dato resulta especialmente revelador: en Madrid se difundieron carteles de reclutamiento que señalaban dos lugares a los que podían dirigirse quienes deseasen incorporarse a esos batallones. Uno era el número 3 de la calle Ríos Rosas, en Madrid. El otro era Villa del Río.
La equiparación entre la capital del Estado y el municipio cordobés permite comprender la importancia logística y militar alcanzada por la localidad durante las primeras semanas de la contienda. Villa del Río no era simplemente un punto de paso. Era un enclave situado cerca del frente y conectado con los movimientos de tropas, voluntarios, dirigentes y corresponsales.
Este contexto podría explicar la presencia de Alejandro Peris, Ignacio Gallego y López Quero, identificados por Penco según la información difundida por Luna Mantas. También ayudaría a entender que Capa y Taro se desplazaran hasta la zona para realizar fotografías de milicianas y milicianos.
La finca de El Palomar pudo desempeñar alguna función dentro de aquella estructura. Su uso como colectividad agraria, la existencia de un caserío y su proximidad a las vías de comunicación y al puente de hierro la convertían en un espacio adecuado para concentrar personas o desarrollar actividades relacionadas con las milicias. No obstante, las razones concretas de aquella reunión todavía no se conocen y deben considerarse parte de una investigación abierta.
De la historia local a la prensa internacional
La aparición de Villa del Río en The Telegraph posee una dimensión que va más allá de la satisfacción local. El nombre del municipio aparece ahora vinculado a unas fotografías de Capa y Taro, proyectando internacionalmente una parte hasta ahora poco conocida de su patrimonio histórico.
Durante mucho tiempo, los relatos sobre la Guerra Civil se han construido alrededor de grandes batallas, capitales y dirigentes nacionales. Sin embargo, el conflicto también estuvo compuesto por miles de episodios desarrollados en pueblos, cortijos, estaciones, carreteras y explotaciones agrícolas. Lugares aparentemente periféricos fueron centros de movilización, abastecimiento, propaganda y organización militar.
Las fotografías de El Palomar permiten insertar a Villa del Río en ese relato más amplio. El puente de hierro, los cerros y la antigua era dejan de ser únicamente elementos del paisaje local para convertirse en testigos de un acontecimiento registrado por dos de las grandes figuras del fotoperiodismo del siglo XX.
La difusión internacional plantea además una responsabilidad: proteger la memoria del espacio, profundizar en la documentación de los hechos y distinguir cuidadosamente entre lo confirmado y las hipótesis que todavía deben demostrarse. Identificar un escenario fotográfico constituye un punto de partida, no el final de la investigación.
Una oportunidad para recuperar la memoria
El descubrimiento ofrece a Villa del Río una oportunidad cultural de primer orden. El municipio dispone ahora de nuevos elementos para interpretar su historia durante la Guerra Civil, impulsar investigaciones y divulgar el valor de su paisaje histórico.
La identificación del lugar podría servir para crear un itinerario relacionado con el paso de Robert Capa y Gerda Taro por Córdoba, conectando Villa del Río con Cerro Muriano y Espejo. También permitiría profundizar en la historia de las milicias presentes en la localidad, la colectividad agraria de El Palomar y los vecinos que participaron en los acontecimientos de 1936.
Pero quizá la principal consecuencia del hallazgo sea la certeza de que todavía queda mucho por descubrir.
Luna Mantas ha definido la historia de la Guerra Civil en Villa del Río como una "fruta sin abrir". Archivos familiares, fotografías privadas, testimonios transmitidos de generación en generación, correspondencia y documentos administrativos podrían contener información decisiva. La identificación de El Palomar demuestra que incluso las respuestas que parecen perdidas pueden recuperarse cuando se combinan la investigación documental y el conocimiento del territorio.
Las fotografías ya no deben contemplarse únicamente como imágenes genéricas de la Guerra Civil. Ahora poseen un escenario definido. Detrás de Gerda Taro, de las milicianas y de los dirigentes republicanos están Villa del Río, su puente, sus cerros y un paisaje agrícola que el tiempo transformó, pero no consiguió borrar por completo.
El enigma de El Palomar continúa abierto
La investigación ha permitido responder dónde se tomaron las fotografías, pero todavía no ha aclarado qué sucedía exactamente en aquel lugar ni por qué se reunió allí aquel grupo.
¿Se trataba de una visita organizada para los reporteros? ¿Era una concentración de milicianos antes de desplazarse hacia otro punto? ¿Cumplía El Palomar una función logística o política dentro del dispositivo republicano? ¿Formaban parte las fotografías de un reportaje más amplio sobre los Batallones de Voluntarios de Andalucía?
Estas preguntas adquieren ahora una importancia fundamental. La identidad de los personajes puede conducir a documentos, memorias y noticias de prensa capaces de reconstruir sus movimientos. Del mismo modo, el estudio de las unidades republicanas presentes en Villa del Río podría revelar qué actividad se desarrollaba en la finca durante aquellos primeros días de septiembre.
El hallazgo no cierra una historia, sino que inaugura una nueva etapa. Villa del Río ha recuperado el escenario y puede reconocerse en el fondo de las fotografías. El siguiente reto consiste en reconstruir el episodio humano, político y militar que llevó hasta El Palomar a Gerda Taro, Robert Capa, las milicianas, Alejandro Peris, Ignacio Gallego y López Quero.
Noventa años después, aquellas imágenes vuelven a casa gracias a la investigación de Fernando Penco, a la intervención inicial de Juan Carlos Sánchez Coba, a la lectura del paisaje realizada por Juan Relaño y al trabajo histórico y divulgativo de Francisco Luna Mantas, cronista oficial de Villa del Río.

Ahora, además, el eco de este descubrimiento ha llegado hasta las páginas de The Telegraph. Villa del Río aparece ante el mundo no como un simple fondo fotográfico, sino como parte activa de una historia que todavía conserva muchos interrogantes.
El puente de hierro, la era, el cortijo y los cerros permanecieron durante décadas detrás de los protagonistas, esperando ser reconocidos. Hoy ya tienen nombre. Son Villa del Río. Y forman parte de la historia universal de la fotografía.
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