Hace tiempo, cuando elaboré el artículo sobre la Fuente de Anzarino recordé una cuestión muy interesante que me planteó Antonio Martínez Castro, amigo e historiador de La Carlota, y es que, a veces, la toponimia —lejos de ser un campo cerrado o una verdad inamovible— puede abrir puertas inesperadas y ofrecernos nuevas líneas de investigación sobre nuestro propio territorio.
Tradicionalmente, en Villa del Río se ha sostenido que el nombre procede de una evolución desde Nazareno, que habría derivado en Lanzarino y, posteriormente, en Anzarino. Sin embargo, esta explicación parece responder más a una interpretación popular que a una base lingüística firme. Es, en cierto modo, una solución heredada, repetida con el tiempo, pero no necesariamente contrastada en profundidad.
En su momento, Antonio me planteó una pregunta clave: si en la zona existía alguna laguna, charca o espacio húmedo, en relación con el término ánsar, vinculado a aves acuáticas como los gansos silvestres. Aquella observación, aparentemente sencilla, abría en realidad un campo completamente distinto de interpretación.
Entonces no supe responder, pero recientemente he podido comprobar que la zona aparece ya documentada en 1629 en un paraje denominado “Prado de las Lagunas”. Este dato, por sí solo, resulta enormemente revelador.
A ello se suma una aportación muy significativa del biólogo Juan Relaño, quien señala que el lugar conocido como la antigua charca de Anzarino se asienta sobre tierras impermeables, lo que favorecía la acumulación de agua. Aunque hoy estas zonas están secas, durante mucho tiempo propiciaron la existencia de una laguna estable o semipermanente.
Si unimos ambas informaciones —la documentación histórica y la realidad geológica—, el panorama empieza a cambiar.
El término ansarino o anzarino significa precisamente “relativo al ánsar”, es decir, vinculado a aves acuáticas. Por tanto, cobra pleno sentido que el topónimo original fuera Ansarino, en relación directa con un entorno de lagunas donde este tipo de fauna sería habitual.
De este modo, es posible que el nombre haya experimentado una evolución fonética con el paso del tiempo —Ansarino → Anzarino—, perdiéndose progresivamente su significado original y siendo reinterpretado después sin una base etimológica clara.
Además, no deja de ser significativo que en el cerro situado sobre la fuente y el Prado de las Lagunas —en ese mismo entorno— estuviera emplazada la Horca y posteriormente la Picota, lo que indica que se trataba de un lugar destacado y reconocido ya en época moderna.
El término ansarino proviene etimológicamente del latín anserinus, derivado de anser (ganso o ánsar). En la toponimia y también en la fitonimia, suele hacer referencia tanto al ansarón (polluelo de ganso) como a determinadas plantas silvestres —como algunas del género Chenopodium o Potentilla— denominadas así por la forma de sus hojas o por servir de alimento a estas aves.
En la península ibérica, este tipo de topónimos aparece estrechamente vinculado a:
Zonas húmedas, como lugares de paso, abrevadero o cría de anátidas.
Vegetación asociada, propia de estos entornos y relacionada con su fauna.
Frente a esta explicación, como cité anteriormente, también se ha defendido que Lanzarino y Anzarino serían simples corrupciones fonéticas del nombre original Fuente del Nazareno, motivadas por la deformación del habla popular. No obstante, la documentación histórica del Prado de las Lagunas refuerza con bastante solidez la hipótesis de un origen ligado al medio natural, más que a una advocación religiosa.
En este sentido, resulta muy ilustrativo lo recogido por Catalina Sánchez, en su artículo "El caballo de Atila" quien al estudiar estos parajes señala que en el cerro junto a el Prado de las Lagunas(fuente de Anzarino), en el Camino Real de la Aldea a Córdoba, estuvo instalada la picota. A partir de esa documentación, interpreta que el recuerdo transmitido oralmente durante generaciones no hacía referencia a devociones, sino a un antiguo lugar de ajusticiamiento.

Igualmente, en su obra Villa del Río.La lucha por la libertad, se recoge que en 1629, en ese mismo cerro, contiguo al Prado de las Lagunas (fuente de Anzarino)junto al camino de Córdoba, se encontraba la horca, donde el juez llevó a don Antonio Alfonso de Sousa para simbolizar su jurisdicción, confirmando así la importancia del enclave
UNA CONCLUSIÓN ABIERTA
Todo ello nos lleva a una reflexión importante: la toponimia no es un relato cerrado, sino un campo vivo. No se trata de elegir entre una explicación u otra como si fueran excluyentes, sino de comprender que los nombres de lugar pueden contener capas de significado, superpuestas a lo largo del tiempo.
Quizá Anzarino no deba entenderse únicamente como una deformación de Nazareno, sino también —y con bastante fundamento— como un eco de un paisaje antiguo: “ANSARINO” un espacio de agua, de aves, de vida… Y es precisamente ahí donde la toponimia demuestra su verdadero valor: no solo nombra los lugares, sino que los explica, los transforma y, en ocasiones, los rescata del olvido.