La eterna espera

La historia de la posguerra no se entiende sin ellas. Sin esa espera interminable que no siempre tuvo regreso, ni justicia, ni reparación.

Francisco J. Luna Mantas - Cronista de Villa del Río
26 de junio de 2026 a las 22:00h
Actualizado: 27 de junio de 2026 a las 12:18h
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De izquierda a derecha: Catalina Moreno, Carmen Delgado y Manuela Caro. FOTO: (A.P.R.)
De izquierda a derecha: Catalina Moreno, Carmen Delgado y Manuela Caro. FOTO: (A.P.R.)

Siempre que hablamos de la represión tras la Guerra Civil Española, solemos poner el foco en el hombre, en el varón encarcelado, fusilado o exiliado. Pero en ese relato incompleto quedan fuera muchas vidas suspendidas en el tiempo: las de las mujeres que no vivieron la guerra en el frente, pero sí en la espera.

La espera como forma de condena. La espera como rutina. La espera como herencia silenciosa.

Catalina Moreno Caro vivió durante años con la incertidumbre de su marido, Juan Platero Uceda, condenado en un primer momento a reclusión perpetua. Sin embargo, la vida le concedió una salida parcial: doce años de cárcel. Doce años que, en realidad, fueron mucho más que un número, porque para ella fueron una vida entera contenida en la espera.

Carmen Delgado Cánovas también aprendió a convivir con la ausencia. Su esposo, Juan Moyano Platero, permaneció casi tres años encarcelado hasta su muerte( en prisión)en diciembre de 1941, supuestamente a causa de una enfermedad. Entre la duda, el dolor y el silencio, su historia quedó atrapada en una cárcel que no era solo física, sino también emocional.

Y Manuela Caro Pérez sostuvo durante toda su vida la esperanza del regreso de su marido, Pedro Delgado Cánovas, quien acabó exiliándose a Chile y nunca volvió. Su espera no tuvo final, ni cierre, ni despedida.

Ellas no aparecen en los grandes relatos. No figuran en los discursos solemnes ni en los titulares de la historia. Pero fueron el sostén invisible de una época marcada por el miedo, el estigma y la supervivencia cotidiana.

La etiqueta de “rojas” no solo marcó a los hombres represaliados. También cayó sobre ellas: esposas, madres, mujeres que cargaron con la culpa social, la pobreza y la incertidumbre, mientras el tiempo avanzaba sin dar respuestas.

La historia de la posguerra no se entiende sin ellas. Sin esa espera interminable que no siempre tuvo regreso, ni justicia, ni reparación.

Quizá el único consuelo que les quedó fue no haber estado completamente solas. Durante un tiempo, lejos de su pueblo, en Albacete, compartieron esa misma espera, ese mismo silencio y esa misma herida. Y en esa compañía, en ese dolor compartido, la espera —aunque nunca dejó de doler— se hizo un poco más llevadera.

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Francisco J. Luna Mantas - Cronista de Villa del Río
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