Hay lugares capaces de transportarnos a la infancia con solo cerrar los ojos. Para muchos, ese lugar es la casa de los abuelos. Un hogar donde siempre había un plato preparado, una puerta abierta y una sensación de tranquilidad difícil de explicar. Allí daba igual la hora a la que llegaras: siempre había algo de comer, una historia que escuchar y un rincón donde sentirse como en casa.
Con motivo del Día de los Abuelos, recordamos algunos de esos objetos que parecían repetirse en todos los hogares de nuestros mayores. Detalles que hoy despiertan una enorme nostalgia y que forman parte de la memoria de varias generaciones.
La vajilla Duralex: la reina de la cocina
Si había una vajilla que parecía imprescindible en casa de los abuelos era la de Duralex. Vasos de cristal grueso, platos transparentes o de color ámbar y cuencos capaces de sobrevivir a cualquier golpe formaban parte del día a día.
Aquella generación no compraba pensando en cambiar las cosas cada pocos años, sino en que duraran toda la vida. Por eso no era extraño que una misma vajilla acompañara a varias generaciones de la familia. Muchas siguen utilizándose hoy y se han convertido en un auténtico icono de la vida cotidiana de los años setenta, ochenta y noventa.

La caja de galletas... donde nunca había galletas
Pocas decepciones infantiles fueron tan compartidas como abrir una caja metálica de galletas danesas convencido de que dentro había pastas de mantequilla... y encontrarse carretes de hilo, agujas, botones, dedales, imperdibles o una cinta métrica.
Aquella caja era, en realidad, el costurero oficial de la casa. Lo curioso es que parecía existir un pacto entre todos los abuelos de España para darle exactamente el mismo uso. Hoy sigue siendo uno de los recuerdos más comentados en redes sociales cuando se habla de la infancia.

El mando del televisor con funda de plástico
Mucho antes de las pantallas táctiles y los asistentes de voz, el mando de la televisión era casi un tesoro. Por eso, en muchas casas permanecía protegido por una funda de plástico transparente que evitaba que se ensuciara o que los botones se desgastaran.
Aquella imagen resume perfectamente una forma de entender la vida: cuidar las cosas para que duraran el mayor tiempo posible. Esa filosofía también se veía en los sofás cubiertos con fundas, los hules sobre las mesas o los electrodomésticos que seguían funcionando después de veinte o treinta años.
Los caramelos que siempre aparecían de algún sitio
No hacía falta pedirlos. Los abuelos siempre encontraban un caramelo en el bolsillo de la chaqueta, en un cajón del aparador o en una pequeña bombonera del salón.
Los había de café, de miel, de menta, de eucalipto o envueltos en papeles brillantes que parecían existir desde siempre. Eran mucho más que un dulce: eran su manera de recibir a los nietos con una sonrisa.

La vitrina llena de recuerdos que nadie podía tocar
En muchos salones había un mueble que imponía cierto respeto. La vitrina guardaba las copas reservadas para las grandes ocasiones, figuras de porcelana, pequeños recuerdos de viajes, fotografías familiares, medallas o cualquier objeto con un significado especial.
Para los niños era casi un lugar prohibido. Se podía mirar durante horas, pero tocar era otra historia. Con el paso del tiempo, muchos descubrieron que aquella vitrina era, en realidad, un resumen de la historia de toda la familia.

Los tapetes de ganchillo hechos a mano
Sobre la televisión, bajo el teléfono fijo, encima del frigorífico, en la mesa del salón o incluso sobre los brazos del sofá. Los tapetes de ganchillo aparecían en prácticamente cualquier rincón de la casa.
Muchas abuelas los elaboraban ellas mismas durante meses, dedicando horas a una labor artesanal que hoy resulta mucho menos habitual. Más que un elemento decorativo, eran el reflejo de una época en la que el tiempo y la paciencia tenían otro valor.
Las muñecas antiguas que muchos miraban con respeto
Vestidos perfectamente planchados, caras de porcelana y ojos que parecían seguirte por toda la habitación. Aquellas muñecas ocupaban un lugar privilegiado en muchas casas.
Mientras para los abuelos representaban un bonito recuerdo o un regalo de juventud, para muchos nietos eran objetos que despertaban tanta curiosidad como cierto respeto. Aun así, pocas casas antiguas parecían estar completas sin una de ellas.

Los recuerdos de comuniones, bodas y bautizos
Las estanterías y vitrinas estaban llenas de pequeños recuerdos familiares. Fotografías enmarcadas, estampas religiosas, rosarios, medallas, figuritas y recordatorios de comuniones o bodas ocupaban un lugar destacado en el salón.
Aquella generación daba un enorme valor a los acontecimientos familiares y conservaba cada detalle durante décadas. Bastaba abrir un cajón para encontrar cartas antiguas, fotografías en blanco y negro o documentos cuidadosamente guardados.
El cubre papel higiénico de ganchillo
Hoy cuesta encontrarlo, pero durante años fue uno de los elementos más reconocibles de muchos cuartos de baño. Había fundas con forma de muñeca, de sombrero o decoradas con flores, todas confeccionadas a mano.
Puede parecer un detalle sin importancia, pero refleja una época en la que incluso los objetos más cotidianos formaban parte de la decoración de la casa.

La lámpara que parecía estar en todas las casas
Había algo que llamaba la atención al entrar en casa de unos abuelos: la lámpara del salón era sorprendentemente parecida a la de otras muchas viviendas. Tulipas de cristal, detalles dorados, cadenas decorativas o diseños clásicos que hoy identificamos al instante con aquella época.
Con los años, esas lámparas han pasado de ser un objeto cotidiano a convertirse en un auténtico símbolo de los hogares de toda una generación.

Un hogar lleno de recuerdos
Seguramente cada lector añadiría algún objeto más a esta lista: el teléfono fijo, el reloj de pared que marcaba las horas con un sonido inconfundible, el transistor siempre encendido o el calendario del banco o de la cooperativa colgado en la cocina.
Porque, en realidad, lo que hacía especial la casa de los abuelos no era su decoración. Era todo lo que ocurría dentro. Era el lugar donde siempre había un plato preparado, una conversación sin prisas, un consejo a tiempo y la sensación de que, pasaran los años que pasaran, siempre habría alguien esperando al otro lado de la puerta.
Y quizá por eso, en el Día de los Abuelos, no solo recordamos aquellos objetos. Recordamos, sobre todo, a las personas que hicieron de sus casas un lugar imposible de olvidar.
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