El otoño se vive de dos formas distintas pero complementarias en los pueblos del Alto Guadalquivir. Por un lado, la llegada de Halloween, con su estética de brujas, calabazas y disfraces; por otro, las tradiciones más arraigadas del Día de Todos los Santos y el Día de los Difuntos, en las que las familias visitan los cementerios, encienden velas y recuerdan a quienes ya no están.
Ambas celebraciones comparten espacio en el calendario y en la vida cotidiana de la comarca, reflejando el cambio cultural y la capacidad de adaptación de los pueblos andaluces.
De una fiesta importada a una costumbre local
Aunque Halloween llegó a España como una influencia extranjera, con el tiempo ha pasado de ser una curiosidad televisiva a integrarse en la programación cultural de muchos municipios. En los diferentes pueblos de la comarca los ayuntamientos han organizado casas del terror, pasajes temáticos y talleres para niños a las que se suman actividades en bibliotecas, concursos de disfraces y rutas teatralizadas.
Los más jóvenes viven Halloween como una jornada de diversión y convivencia, mientras que los mayores observan cómo esta celebración convive con las costumbres de siempre, como las visitas al camposanto o los dulces típicos —huesos de santo, buñuelos o gachas— que siguen elaborándose en muchos hogares.
Las raíces que permanecen
A pesar de la expansión de Halloween, el Día de Todos los Santos sigue siendo una fecha esencial en la vida cultural y emocional de los pueblos del Alto Guadalquivir. Cada 1 de noviembre, los cementerios se llenan de flores, los familiares se reúnen y los medios locales recuerdan a las personas fallecidas durante el año.
Esa dualidad —entre la noche del miedo y la jornada del recuerdo— se ha normalizado, dando lugar a una convivencia natural entre lo nuevo y lo tradicional. Halloween aporta color, ocio y dinamismo; Todos los Santos, recogimiento y memoria.
Tradiciones que evolucionan
El resultado es una muestra de cómo las costumbres cambian sin desaparecer. La globalización ha traído nuevas formas de celebrar, pero los valores esenciales —la comunidad, el respeto y el recuerdo— siguen siendo los mismos.
En el Alto Guadalquivir, las dos fiestas ya conviven juntas: los más jóvenes se disfrazan, ríen mientras que los más mayores dedican un momento al silencio y la memoria. Porque, en definitiva, tanto Halloween como Todos los Santos nos hablan, a su manera, de lo mismo: del vínculo entre los vivos y los que ya no están.