¿Cuándo termina realmente la Navidad? Las fechas que marca la tradición

Aunque Reyes marca el final popular de las fiestas, el calendario litúrgico prolonga la Navidad hasta enero —e incluso febrero— en muchos hogares

09 de enero de 2026 a las 10:40h
Actualizado: 09 de enero de 2026 a las 11:10h
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El belén y el árbol de Navidad, protagonistas de los hogares durante las fiestas, pueden mantenerse más allá del 6 de enero según la tradición
El belén y el árbol de Navidad, protagonistas de los hogares durante las fiestas, pueden mantenerse más allá del 6 de enero según la tradición

Para muchas familias, la Navidad termina de forma abrupta tras la noche de Reyes. El 6 de enero se recogen los regalos, se apuran los últimos trozos de roscón y, casi de inmediato, comienzan a desaparecer adornos y luces. Sin embargo, desde el punto de vista de la tradición cristiana, el ciclo navideño no concluye ese día.

El calendario litúrgico sitúa el inicio de la Navidad el 25 de diciembre y prolonga su duración hasta la festividad del Bautismo del Señor, que en 2026 se celebra el domingo 11 de enero. Durante esos días posteriores a Reyes, la Navidad sigue estando oficialmente vigente, aunque la rutina laboral y escolar ya se haya reanudado.

El árbol de Navidad: una despedida sin fecha fija

El árbol de Navidad es hoy uno de los símbolos más reconocibles de estas fiestas, pero su presencia en los hogares es relativamente reciente si se compara con otras tradiciones navideñas. Por ese motivo, la Iglesia no establece una fecha concreta para retirarlo.

En la práctica, muchas personas optan por desmontarlo tras la Epifanía o coincidiendo con el Bautismo del Señor, como una forma de cerrar progresivamente el periodo festivo. Otros prefieren alargarlo unas semanas más, especialmente si el árbol es artificial y no supone problemas de conservación. En este caso, la decisión suele responder más a cuestiones prácticas y personales que a criterios religiosos.

El belén y la Candelaria: la fecha que marca la tradición

Donde la tradición sí es más clara es en el caso del belén. La liturgia cristiana vincula el final de los episodios de la infancia de Jesús con la Presentación del Señor en el Templo, conocida popularmente como la Candelaria, que se celebra cada 2 de febrero, cuarenta días después de Navidad.

Esta fecha ha sido históricamente el momento adecuado para guardar el nacimiento, especialmente en países con una fuerte tradición belenista como España. De ahí que no resulte extraño encontrar belenes montados durante todo el mes de enero, incluso cuando el resto de la decoración navideña ya ha desaparecido.

“Hasta San Antón, Pascuas son”: tradición popular y realidad litúrgica

El conocido refrán “Hasta San Antón, Pascuas son”, que sitúa el final de la Navidad el 17 de enero, responde más a la cultura popular que a una norma religiosa. La festividad de San Antonio Abad tiene un gran arraigo en muchas localidades, especialmente por la bendición de los animales, y durante siglos marcó un hito simbólico dentro del calendario invernal.

No obstante, desde el punto de vista litúrgico, esta fecha no señala el final oficial de la Navidad, aunque sigue siendo una referencia válida en muchos contextos locales y familiares.

¿Desmontarlo todo de golpe o hacerlo poco a poco?

A la hora de despedirse de la Navidad, no existe una única forma correcta. Algunas familias prefieren desmontar todo justo después de Reyes para recuperar cuanto antes el orden en casa y empezar el año “en limpio”. Otras optan por una solución intermedia: retirar el árbol y los adornos más llamativos, pero mantener el belén hasta la Candelaria.

También hay quienes deciden alargar todo el conjunto decorativo hasta febrero, especialmente cuando el belén forma parte de la vida diaria del hogar durante esas semanas.

Una pausa frente a la prisa de enero

En un contexto marcado por la rapidez y la presión por retomar la normalidad, prolongar unos días la decoración navideña puede tener un valor simbólico. Mantener el belén o algunas luces encendidas durante enero es, para muchas personas, una forma de conservar un espacio de calma, recogimiento y luz en pleno invierno.

Al final, como ocurre con tantos rituales domésticos, la decisión es personal. Pero conviene recordar que, si se opta por tomarse la despedida de la Navidad con calma, la tradición —lejos de contradecirlo— respalda esa elección.

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