Fallece El Cabrero, el cantaor que convirtió el flamenco en una voz de raíz y rebeldía

Peñas flamencas de Adamuz y El Carpio se suman al luto por la muerte de José Domínguez Muñoz, recordado como un cantaor valiente, fiel a sus raíces y referente de varias generaciones

13 de mayo de 2026 a las 20:33h
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José Domínguez, El Cabrero, en una imagen publicada en la red social Facebook por su hijo.
José Domínguez, El Cabrero, en una imagen publicada en la red social Facebook por su hijo.

El mundo del flamenco despide a El Cabrero, nombre artístico de José Domínguez Muñoz, uno de los cantaores más singulares y reconocibles de las últimas décadas. Fallecido este miércoles en Sevilla a los 81 años, el artista deja tras de sí una trayectoria marcada por la sobriedad, la autenticidad y una fuerte personalidad artística y vital.  El fallecimiento fue anunciado por su hijo, el cantaor El Crespo Zapata, a través de su perfil en Facebook, lo que desató de inmediato un aluvión de mensajes de condolencia y reconocimiento.

En la comarca, la Peña Flamenca “Niño del Museo” de Adamuz y la Peña Cultural Flamenca de El Carpio han trasladado públicamente su pesar por la pérdida del maestro, al que describen como un artista “auténtico”, “valiente” y “fiel a sus raíces”. Ambas entidades han coincidido en destacar que su voz áspera y sincera quedará ligada para siempre a la historia del flamenco y al sentimiento de quienes lo consideraban una referencia moral y artística.

El Cabrero fue mucho más que un cantaor. Su trayectoria estuvo marcada por una forma de entender el flamenco sin concesiones, con letras cargadas de verdad, compromiso y raíz popular. Su figura, unida a sus orígenes humildes y a su vida ligada al campo, dejó una huella especial entre los aficionados que valoran el cante como expresión de dignidad y memoria colectiva.

En el Alto Guadalquivir, donde el flamenco sigue teniendo una presencia viva a través de peñas, recitales y encuentros culturales, su fallecimiento se ha sentido como el adiós a una forma de cantar que representa una parte esencial de la identidad andaluza. Para muchos aficionados de la comarca, El Cabrero encarnó la rebeldía, la honestidad y el eco de un flamenco nacido de la tierra y del pueblo.

Los mensajes de despedida difundidos desde Adamuz y El Carpio subrayan precisamente esa dimensión: la de un artista que convirtió cada cante en verdad y sentimiento. Su legado, coinciden, permanecerá vivo en los escenarios, en los festivales y en cada aficionado que siga encontrando en sus fandangos y quejíos una forma de entender el flamenco desde la autenticidad.

Nacido en Aznalcóllar en 1944, El Cabrero construyó una carrera muy poco habitual dentro del flamenco. Su apodo no era solo una referencia simbólica, sino el reflejo de una vida ligada desde niño al pastoreo de cabras, actividad que nunca abandonó del todo y que convivió con una presencia constante en festivales, escenarios y grabaciones. Esa raíz rural se convirtió en una de las señas de identidad de su figura pública y de su cante.

Su estilo se asentó sobre un flamenco puro, recio y sin adornos innecesarios, con especial fuerza en palos como la soleá, la seguiriyas, la malagueña o los fandangos. A lo largo de su carrera fue reconocido por una voz grave y expresiva, por su capacidad para transmitir hondura y por una actitud artística siempre fiel a sus principios. También destacó por incluir en sus repertorios letras sociales y de contenido reivindicativo, algo poco frecuente en el flamenco comercial de su época.

El Cabrero se convirtió en una figura muy asociada a la Transición y al compromiso social, hasta el punto de ser considerado por muchos como un cantaor libre, incómodo para algunos y admirado por otros por su independencia. En 1980 obtuvo importantes reconocimientos en el Concurso Nacional de Arte Flamenco, que consolidaron su prestigio y lo situaron entre los grandes nombres del género.

Con su muerte desaparece uno de los artistas más carismáticos del flamenco andaluz, un cantaor que hizo de su vida una prolongación de su cante y que mantuvo hasta el final una identidad propia, austera y profundamente personal.

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