El verano trae consigo jornadas de altas temperaturas que, en ocasiones, se prolongan durante varios días seguidos. Cuando esto ocurre, el organismo tiene que hacer un esfuerzo extra para mantener su temperatura estable y, si no lo consigue, comienzan a aparecer los primeros síntomas del llamado "estrés por calor". Aunque muchas personas piensan que un golpe de calor aparece de forma repentina, lo cierto es que el cuerpo suele enviar señales de aviso antes de llegar a esa situación.
Uno de los primeros indicios es una sensación de agotamiento fuera de lo habitual. Caminar unos minutos, subir unas escaleras o realizar tareas cotidianas puede provocar un cansancio excesivo que no se corresponde con el esfuerzo realizado. A ello se suman, con frecuencia, un intenso dolor de cabeza, sed constante, sensación de boca seca y una pérdida progresiva de energía que dificulta incluso concentrarse.
Los mareos también son una señal de alerta muy frecuente. Si al levantarse o al caminar se experimenta inestabilidad, visión borrosa o sensación de que todo da vueltas, es probable que el calor esté empezando a afectar al organismo. En algunos casos aparecen además náuseas, calambres musculares o una sudoración mucho más intensa de lo normal, síntomas que indican que el cuerpo está perdiendo una gran cantidad de agua y sales minerales.
Qué hacer si aparecen los primeros síntomas
Si no se toman medidas, la situación puede empeorar y derivar en un golpe de calor, una urgencia médica que requiere atención inmediata. En ese momento la temperatura corporal aumenta de forma peligrosa, la piel puede encontrarse muy caliente y, en ocasiones, incluso dejar de sudar. También pueden aparecer confusión, dificultad para hablar, desorientación o pérdida de conocimiento, señales que obligan a llamar cuanto antes a los servicios de emergencia.
Ante los primeros síntomas, lo más importante es dejar de realizar cualquier esfuerzo físico y buscar un lugar fresco o con aire acondicionado. Beber agua poco a poco ayuda a reponer líquidos, mientras que mojar la piel con agua fresca o aplicar paños húmedos en el cuello, las axilas o las muñecas favorece que el cuerpo reduzca su temperatura. Permanecer sentado o tumbado también puede evitar caídas si existe sensación de mareo.

La prevención sigue siendo la mejor protección
La prevención sigue siendo la mejor herramienta para evitar que el calor llegue a afectar a la salud. Mantener una hidratación constante durante todo el día, aunque no se tenga sed, resulta fundamental en los días de temperaturas extremas. También conviene evitar salir a la calle durante las horas centrales del día, vestir ropa ligera y de colores claros, protegerse del sol con gorra o sombrero y procurar que la vivienda permanezca lo más fresca posible, cerrando persianas durante las horas de más calor y ventilando cuando bajan las temperaturas.
La alimentación también desempeña un papel importante. Durante una ola de calor es recomendable optar por comidas ligeras, ricas en frutas y verduras, ya que aportan una cantidad importante de agua y ayudan al organismo a mantenerse hidratado. Las bebidas alcohólicas o con un elevado contenido de cafeína pueden favorecer la deshidratación, por lo que conviene consumirlas con moderación.
Aunque cualquier persona puede verse afectada por el calor extremo, existen grupos especialmente vulnerables. Las personas mayores, los bebés, quienes padecen enfermedades crónicas o trabajan al aire libre necesitan extremar las precauciones, ya que su organismo tiene más dificultades para adaptarse a las altas temperaturas.
Escuchar al cuerpo y no restar importancia a síntomas como el cansancio, el dolor de cabeza o los mareos puede marcar la diferencia. En la mayoría de los casos, actuar a tiempo permite evitar complicaciones y seguir disfrutando del verano con seguridad, incluso durante los episodios de calor más intenso.
Añadir Beconet Noticias como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.