La I Bienal de Medio Ambiente de Villa del Río reivindica la ciencia, la educación y las historias de campo para despertar conciencia

La jornada reunió a expertos de primer nivel en divulgación, periodismo ambiental, conservación y biología de campo, en una cita que puso sobre la mesa la necesidad urgente de conocer mejor la naturaleza para poder protegerla.

29 de junio de 2026 a las 17:52h
Actualizado: 29 de junio de 2026 a las 19:05h
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La Bienal demostró que la divulgación no es una actividad menor ni un simple complemento de la ciencia.
La Bienal demostró que la divulgación no es una actividad menor ni un simple complemento de la ciencia.

Villa del Río celebró la I Bienal de Medio Ambiente con una idea de fondo que atravesó toda la jornada: la naturaleza necesita ser contada, explicada y vivida para que la sociedad comprenda realmente el valor de conservarla. Bajo el lema “La divulgación ambiental como herramienta de transformación social”, el encuentro reunió a voces expertas que, desde perspectivas muy diferentes, coincidieron en una misma necesidad: acercar el conocimiento ambiental a la ciudadanía con rigor, emoción y compromiso.

La Bienal demostró que la divulgación no es una actividad menor ni un simple complemento de la ciencia. Es una herramienta necesaria para combatir la desinformación, despertar vocaciones, cambiar hábitos y reconstruir el vínculo entre las personas y el medio natural. La jornada se desarrolló como un espacio de reflexión, pero también como un relato compartido de experiencias personales, investigación, educación, periodismo y contacto directo con la naturaleza.

Uno de los mensajes más esperanzadores llegó de la mano de Rafael Arenas, que aportó una mirada científica y educativa sobre la capacidad de la divulgación para transformar conciencias. Desde su experiencia en conservación y educación ambiental, defendió que el conocimiento puede generar cambios reales si llega a las aulas, a los jóvenes y a la sociedad de forma clara y constante.

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Rafael Arenas tuvo un tono especialmente constructivo. Frente a los grandes desafíos ambientales, Arenas puso el foco en la educación como una herramienta capaz de sembrar conciencia desde edades tempranas.

La escuela, los centros educativos y los espacios de aprendizaje aparecen así como lugares decisivos para crear una nueva cultura ambiental. No se trata solo de enseñar especies, paisajes o problemas ecológicos, sino de formar ciudadanos capaces de entender que la biodiversidad, el territorio y la calidad de vida están profundamente conectados.

En esa misma línea de conexión emocional con la naturaleza se situó Carlos Lozano, con su famoso libro “Pajarero”, que llevó a la Bienal una forma de divulgar basada en la pasión por salir al campo, observar aves y dejarse sorprender por aquello que muchas veces permanece oculto a simple vista. Su aportación fue una defensa del asombro como puerta de entrada al conocimiento.

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Lozano destacó que salir a ver pájaros no es únicamente una afición, sino una experiencia capaz de cambiar la forma en la que una persona mira el mundo.

La observación de aves obliga a detenerse, escuchar, esperar y aprender a leer el paisaje. En un tiempo marcado por la prisa y las pantallas, esa práctica se convierte también en una manera de recuperar la atención hacia lo vivo.

Como profesor y divulgador, defendió además la importancia de salir a la naturaleza para buscar “la promesa de lo invisible”: aquello que no se ve de inmediato, pero que está ahí y puede revelarse si se mira con paciencia. Esa idea resume muy bien una de las claves de la Bienal: una buena historia bien contada puede atraer a personas que quizá no se acercarían a la ciencia por los datos, pero sí por la emoción, la belleza o la curiosidad.

La jornada también dejó una advertencia clara sobre los riesgos de la desinformación. José Manuel Guerrero Casado puso el acento en la necesidad de informarse bien, cuestionar los contenidos antes de darlos por válidos y no dejarse arrastrar por tendencias sensacionalistas sin contraste. Su intervención resultó especialmente importante en un contexto en el que circulan muchos bulos sobre fauna, conservación y naturaleza.

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Guerrero defendió el valor del conocimiento propio, de la ciencia y de la información verificada frente a relatos que, aunque puedan resultar llamativos, no siempre son ciertos.

En el ámbito ambiental, los bulos no son inofensivos: pueden generar miedo hacia determinadas especies, rechazo social a programas de conservación o decisiones equivocadas sobre el territorio.

Su mensaje recordó que la divulgación ambiental debe ser accesible, pero nunca irresponsable. La emoción puede ayudar a comunicar, pero no debe sustituir a la verdad. En una época en la que cualquier contenido puede viralizarse sin haber sido contrastado, la formación crítica de la ciudadanía se convierte en una herramienta básica para proteger la biodiversidad.

Esa misma preocupación por la información rigurosa fue compartida por Aníbal de la Beldad, que aportó la mirada del periodismo ambiental. Su intervención reforzó la idea de que comunicar sobre naturaleza exige una responsabilidad especial. El periodista no solo cuenta lo que ocurre: también ayuda a construir la percepción social sobre los problemas ambientales.

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Aníbal subrayó la importancia de contrastar la información, acudir a fuentes fidedignas y mantener una obligación de fidelidad con los hechos.

En el periodismo de naturaleza, esa exigencia resulta fundamental, porque muchas veces se informa sobre asuntos complejos, especies amenazadas, conflictos territoriales, gestión del agua, incendios, biodiversidad o decisiones políticas con consecuencias ambientales.

Su presencia en la Bienal recordó que el periodismo ambiental tiene un papel decisivo para que la sociedad entienda lo que está en juego. Informar bien no es solo publicar noticias: es ayudar a que la ciudadanía pueda comprender los problemas, distinguir los datos de las opiniones y exigir decisiones responsables.

La intervención de José María Gil Sánchez llevó la jornada al terreno de la investigación más extrema y de la biología de campo. Sus relatos sobre viajes a Marruecos, el Sáhara y otros territorios remotos mostraron una dimensión de la ciencia que pocas veces se ve: la de quienes salen al campo a buscar información donde apenas existen datos, en condiciones difíciles y con el objetivo de conocer especies que podrían desaparecer antes incluso de ser plenamente estudiadas.

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Gil Sánchez trasladó la importancia de investigar allí donde otros no llegan. La conservación necesita datos, pero esos datos no aparecen solos. Requieren trabajo de campo, esfuerzo, riesgo, conocimiento del territorio y compromiso.

En algunos casos, encontrar una especie, documentar su presencia o comprender su situación puede determinar el futuro de un programa de conservación.

Su aportación permitió recordar una idea esencial: no se puede proteger lo que no se conoce. Cuando una especie desaparece, no se pierde solo un animal o una planta; se rompe una relación dentro del ecosistema. Cada especie cumple una función, forma parte de una cadena y contribuye al equilibrio natural. Algunas controlan poblaciones, otras dispersan semillas, otras mantienen sanos determinados hábitats o sirven como indicadores del estado del territorio.

Salvaguardar especies no es, por tanto, una cuestión sentimental o estética. Es proteger el funcionamiento de los ecosistemas que sostienen la vida. La pérdida de biodiversidad empobrece los paisajes, reduce la capacidad de adaptación frente al cambio climático, altera equilibrios naturales y acaba afectando también al ser humano. La conservación de la fauna y la flora es, en el fondo, una forma de proteger nuestra propia calidad de vida.

La mesa redonda final permitió reunir todas estas miradas y dejó una conversación especialmente interesante entre dos sensibilidades. Por un lado, una visión más optimista, representada por quienes confían en la educación, en las nuevas generaciones y en el trabajo desde los colegios como vía para construir una conciencia ambiental más sólida. Desde esta perspectiva, la divulgación científica, si se hace bien, puede cambiar actitudes y abrir un futuro más responsable.

Por otro lado, también apareció una visión más pesimista, marcada por la desconfianza hacia las instituciones y los poderes económicos. Esta mirada alerta de que, aunque existe conocimiento científico suficiente, muchas decisiones siguen respondiendo a intereses que no siempre buscan el bien común. Desde esa posición, el ser humano se enfrenta a un cambio climático cada vez más severo y a una crisis ambiental cuyas consecuencias serán difíciles de evitar si no se actúa con urgencia.

Lejos de ser una contradicción, ese contraste enriqueció la jornada. La Bienal no ofreció respuestas simples ni discursos complacientes. Mostró que la divulgación ambiental debe ser capaz de ilusionar, pero también de advertir; de educar, pero también de incomodar; de emocionar, pero también de exigir responsabilidad.

La crónica de esta primera Bienal deja una conclusión clara: Villa del Río ha apostado por una cita de alto nivel, con ponentes capaces de hablar desde la ciencia, el periodismo, la experiencia personal, la investigación de campo y la educación. Cada uno aportó una pieza distinta a un mismo mensaje: la naturaleza necesita ser conocida para poder ser defendida.

La jornada puso en valor el papel de los pueblos y las comarcas rurales en la conservación. El Alto Guadalquivir cordobés, con su relación directa con el río, el campo, la biodiversidad y el territorio, es un lugar especialmente adecuado para impulsar este tipo de encuentros. No hace falta estar en una gran ciudad para generar pensamiento, conciencia y cultura ambiental. Desde un municipio como Villa del Río también se pueden abrir debates necesarios y reunir a expertos de primer nivel.

La I Bienal de Medio Ambiente demostró que divulgar es mucho más que explicar. Es contar historias, contrastar datos, despertar pasión, recuperar memoria, salir al campo, educar desde las aulas y hacer visible aquello que muchas veces pasa desapercibido. Es, en definitiva, construir una nueva forma de mirar.

Y quizá esa sea la mayor aportación de esta primera edición: recordar que la conservación empieza antes de la acción, en el momento exacto en que alguien aprende a observar, comprende lo que tiene delante y decide que merece la pena protegerlo.

La buena afluencia de público reflejó el interés local por los grandes problemas ambientales de actualidad, en una Bienal que tendrá continuidad en octubre con una segunda jornada dedicada a la divulgación a través de los medios audiovisuales.

La organización de la jornada contó con el respaldo institucional de la Diputación de Córdoba y del Área de Medioambiente del Ayuntamiento de Villa del Río, haciendo posible el desarrollo de esta primera edición. Asimismo, la coordinación y ejecución del encuentro estuvieron impulsadas por la Asociación Proyecto Anidando, entidad organizadora que ha desempeñado un papel esencial en la puesta en marcha de la Bienal con mención especial a Harmusch Asociación de Estudio y Conservación de Fauna. Del mismo modo, se puso en valor la colaboración de Marta Gámiz, encargada de preparar la comida para los asistentes junto a Aixa Durán de la Ascociación "El Granaillo" y Daniel Navarro en la parte de la ludoteca, colaborador de Proyecto Anidando, contribuyendo a entretener a niños y niñas para que muchos padres y madres pudieran asistir a la Bienal en un espacio de convivencia y participación.

Sobre el autor
Óscar H. Falagán
Óscar H. Falagán

Fotógrafo, videógrafo, gestor de medios gráficos y contenidos audiovisuales.

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