La segunda jornada de la I Bienal de Medio Ambiente completó el salón de actos del Ayuntamiento de Villa del Río con una mañana dedicada al cine de naturaleza. Alberto Redondo, Unai Canela y Arturo Menor coincidieron en una conclusión: para divulgar con autenticidad hacen falta conocimiento, paciencia, ética y, sobre todo, muchas horas en el campo.
El salón de actos presentó aforo completo durante una mañana en la que el público permaneció especialmente atento a las intervenciones de Alberto Redondo, Unai Canela y Arturo Menor, participando además en una mesa redonda final que permitió ampliar muchas de las cuestiones planteadas durante las ponencias.
La jornada daba continuidad al proyecto impulsado desde el Área de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Villa del Río y su concejal Pedro Sánchez Collado, que en esta primera Bienal ha apostado por utilizar la divulgación como herramienta para acercar el conocimiento ambiental a la población.
Buena parte de que Villa del Río pudiera reunir perfiles de este nivel tiene también detrás el trabajo de Proyecto Anidando. Javier Rodríguez e Inma Cancio fueron piezas fundamentales para hacer posible la presencia de los ponentes. La experiencia de Rodríguez colaborando con algunos de ellos en producciones, facilitando el acceso a espacios naturales e incluso en trabajos de localización del lince presente en diferentes proyectos audiovisuales permitió además que la jornada tuviera un componente especialmente cercano: no se hablaba del cine de naturaleza únicamente desde la teoría, sino desde relaciones y experiencias construidas directamente sobre el terreno.
Premios Goya, Premios Carmen, Premios Forqué y prestigiosos festivales internacionales de cine científico y de naturaleza: Villa del Río reunió en su Bienal trayectorias reconocidas dentro y fuera de España.
Alberto Redondo: lo que ocurre antes de conseguir unos segundos de película
Alberto Redondo fue el encargado de abrir las ponencias y su experiencia como docente se hizo evidente desde los primeros minutos.
Su intervención permitió descubrir algo que el espectador rara vez conoce: todo lo que tiene que suceder para conseguir unos segundos auténticos de comportamiento animal.

Las anécdotas fueron constantes. Desde soluciones técnicas improvisadas en mitad de un rodaje hasta la construcción artesanal de un pequeño soporte para colocar una minicámara sobre un águila y conseguir filmar perspectivas que hasta entonces resultaban prácticamente imposibles.
Son recursos que después aparecen en trabajos como Descubriendo el Comportamiento Animal o Fauna Ibérica, pero cuya historia detrás de la cámara resulta en ocasiones tan sorprendente como las propias imágenes.
Redondo mostró que una parte esencial del documental de naturaleza consiste en buscar comportamientos inéditos y tratar de comprenderlos, aunque muchas veces los mejores momentos aparezcan cuando nadie los esperaba.
Uno de los ejemplos que compartió fue la observación de diferentes especies de pájaro carpintero compartiendo un mismo árbol y llegando a alimentar polluelos de nidos vecinos. Comportamientos que convierten una jornada de espera en un descubrimiento inesperado.
Esa misma casualidad tuvo mucho que ver incluso con el nacimiento de su largometraje Caballos. Durante anteriores trabajos descubrió que desplazarse a caballo le permitía integrarse de una manera mucho más natural en determinados entornos y aproximarse a especies que habrían reaccionado inmediatamente ante la presencia de vehículos o medios mecánicos.
Su forma de trabajar ha terminado implicando incluso a su propia familia y su vida cotidiana. Redondo recordó cómo su propia vivienda llegó a convertirse temporalmente en un mariposario improvisado para obtener el material necesario para uno de sus documentales, o cómo diferentes trabajos con arácnidos acabaron teniendo también una segunda vida como material docente para sus alumnos.
La intervención abrió además uno de los debates más interesantes de la mañana: hasta dónde puede llegar un rodaje sin interferir en aquello que pretende documentar.
Los tres ponentes fueron especialmente claros en este punto. El cine de naturaleza, defendieron, debe partir del respeto hacia las especies y los ecosistemas y buscar siempre registrar comportamientos reales sin provocarlos ni modificar el entorno. Se reconoció que existen producciones que emplean determinados recursos controlados o recreaciones, pero la idea compartida durante la jornada fue inequívoca: la autenticidad pierde su sentido si para conseguir una imagen es necesario perjudicar aquello que se pretende divulgar y proteger.
Redondo dejó además un avance de su próximo gran proyecto: Caballos 2 ya está en marcha.
Su fascinación por este animal va mucho más allá de su belleza. Durante la charla planteó cómo el caballo ha influido profundamente en la evolución social del ser humano y en la supervivencia de distintas culturas. Tener caballos significó durante siglos mayor movilidad, acceso a recursos y posibilidades de supervivencia, llegando a condicionar incluso el éxito reproductivo de determinadas poblaciones.
Unai Canela: conservar la mirada del niño que quiere salir al campo
La intervención de Unai Canela tuvo inevitablemente un componente emocional.
Llegó a Villa del Río con la misma ilusión que transmitían las imágenes de aquel niño de El viaje de Unai, y comenzó precisamente mostrando fragmentos y tráileres de los trabajos que han acompañado su crecimiento.

Recuerda perfectamente el momento en el que su padre, Andoni Canela, le planteó pasar un año recorriendo el mundo para fotografiar animales. Lo sorprendente es que, muchos años después, no parece haber desaparecido demasiado de aquel niño.
Unai explicó que ni siquiera sabría identificar cuándo empezó a considerar la cámara como una herramienta de divulgación. Simplemente estaba allí.
Entre las imágenes que mostró aparecían vídeos grabados durante aquellos viajes familiares, algunos de ellos registrando comportamientos animales poco o nada documentados. También situaciones cuyo peligro él no percibía de la misma forma que su padre: recordó, entre risas, cómo en una ocasión permaneció cerca de unos pumas sin ser plenamente consciente de que lo estaban acechando hasta que Andoni le advirtió de la situación.
Su relato sirvió también para desmontar una idea muy extendida sobre el trabajo del documentalista.
Salir en busca de una especie y regresar sin haberla encontrado no significa haber perdido el tiempo.
La naturaleza siempre termina ofreciendo algo. Una observación diferente, otro comportamiento, una experiencia inesperada o simplemente horas dedicadas a mirar con atención un lugar que normalmente atravesaríamos sin detenernos.
También habló de la cara menos romántica del oficio: semanas de aislamiento y jornadas en completa soledad durante sus proyectos personales. Unai describió con humor esa sensación de terminar “volviéndose loco” después de pasar demasiado tiempo sin hablar con nadie.
Y recordó que detrás de las expediciones existe igualmente una enorme cantidad de trabajo de producción, edición y oficina. Aun así, no dudó al elegir cuál sigue siendo su lugar favorito: fuera, en la naturaleza.
Hubo también espacio para enviar un saludo a su padre y definirlo cariñosamente como un “loco”. Una locura, explicó, que ha permitido que décadas de paciencia y viajes hayan producido imágenes y registros de especies y comportamientos que antes prácticamente no existían.
Unai participa precisamente junto a Andoni Canela en Durmiendo con lobos, documental terminado este año y centrado en cinco años de búsqueda y observación del lobo en libertad por distintos territorios de España y Portugal. La película tendrá este mismo mes de octubre uno de sus pases dentro del Another Way Film Festival de Madrid.
Pero quizá una de sus reflexiones más importantes llegó al hablar de los niños.
Cualquier pequeño reconoce inmediatamente un koala, un cocodrilo o un león, mientras que muchos desconocen el nombre de especies que viven a escasos kilómetros de su casa.
Ahí aparece uno de los grandes retos de la divulgación actual: volver a generar curiosidad por nuestros montes, nuestros animales y nuestros propios ecosistemas.
Salir, investigar, leer, observar y ver documentales. En definitiva, volver a sentir curiosidad por aquello que tenemos cerca.
Arturo Menor: dejar una vida segura para aprender a contar la naturaleza
La historia de Arturo Menor comenzó casi como una advertencia contra todos los consejos prudentes.
Su familia quería que estudiara una “buena carrera”. Estudió Biología, consiguió incluso una plaza en la Administración pública y, cuando parecía tener un camino profesional perfectamente establecido, decidió abandonarlo para dedicarse al cine de naturaleza.

Sus padres, explicó con humor, no recibieron inicialmente aquella decisión con demasiado entusiasmo. Hoy se encuentran entre sus mayores seguidores.
Arturo Menor apuntó emocionado: "Siempre estamos a tiempo de luchar por nuestros sueños; lo importante es tener el valor de dar el paso y convertir la vocación en nuestro camino".
Menor pertenece además a una generación inevitablemente marcada por Félix Rodríguez de la Fuente y El hombre y la Tierra. Aquellas imágenes despertaron vocaciones científicas, naturalistas y audiovisuales en miles de niños españoles.
La suya fue una de ellas.
Contó cómo compró su primera cámara y comenzó prácticamente desde cero. Una anécdota resume perfectamente aquellos comienzos: estando con quien entonces era su novia, trató de utilizarla y ni siquiera sabía cómo encenderla. La sorpresa de ella era comprensible: acababa de dejar un empleo estable para dedicarse a una profesión cuyo instrumento principal todavía no sabía utilizar.
Décadas después, la historia le sirve para explicar precisamente que hacer cine de naturaleza no consiste únicamente en disponer de una buena cámara.
La tecnología importa, pero el resultado depende fundamentalmente del conocimiento, la sensibilidad, la experiencia y el dominio del lenguaje cinematográfico.
Y después está nuevamente la paciencia.
Menor mostró el making of de una secuencia para la que necesitaban conseguir una determinada imagen de un águila. Pasaron más de dos semanas madrugando y descansando apenas unas horas sin obtener el resultado.
El problema no estaba en la cámara.
Cada madrugada, al aproximarse al lugar, unos perros de un cortijo próximo comenzaban a ladrar. Aquella alarma era suficiente para que los animales detectaran la presencia humana.
Probaron diferentes posibilidades, incluso modificando la forma de caminar para producir sonidos menos reconocibles. Finalmente comprendieron que la solución estaba en entrar en el territorio con mucha más antelación, evitando provocar aquella cadena de avisos durante la madrugada.
La imagen terminó llegando y pudimos ver el asombro entre el público.
Historias como esa explican mejor que cualquier manual qué significa realmente integrarse en el medio.
El lobo, los pastores y conocer antes de opinar
Arturo Menor trasladó esa misma filosofía a uno de los asuntos que más debate genera actualmente: el lobo.
Su experiencia filmando sobre el terreno su película, Barbacana, la huella del lobo, le permitió conocer directamente la relación entre el depredador y la ganadería extensiva. Su reflexión puso el foco en algo que muchas veces desaparece cuando el debate se simplifica: el conocimiento del territorio y la experiencia del pastor.
Menor contó cómo había podido comprobar formas tradicionales de manejo en las que profesionales profundamente conocedores de su ganado y del ecosistema utilizan mastines y otras medidas preventivas para reducir los encuentros con lobos.
La cuestión es compleja y existen realidades ganaderas muy diferentes, pero precisamente esa experiencia le sirvió para defender algo que atravesó toda su intervención: antes de contar una historia sobre la naturaleza hay que conocerla desde dentro.
Tres documentalistas y una misma conclusión
La mesa redonda final permitió comprobar que, pese a sus diferentes trayectorias, Alberto Redondo, Unai Canela y Arturo Menor comparten una filosofía muy parecida.
Paciencia. Vocación. Ética. Conocimiento. Y tiempo. Mucho tiempo.
La soledad de una espera puede ser dura, pero también puede terminar produciendo algunos de los momentos más extraordinarios de una carrera. En ocasiones aparece el animal esperado. En otras ocurre algo completamente diferente. Y algunas veces una toma falsa acaba convirtiéndose en una experiencia tan memorable como aquella que estaba prevista.
Los tres coincidieron también en que divulgar es una forma de conservar.
Si una sociedad desconoce aquello que tiene alrededor, difícilmente comprenderá por qué merece la pena protegerlo.
La conversación llegó inevitablemente a la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías. Frente a la capacidad creciente de generar imágenes, recreaciones y contenidos, los ponentes reivindicaron algo difícilmente sustituible: la presencia humana que observa, espera, descubre un comportamiento no descrito y decide cómo convertirlo en una historia.
También apareció cierta preocupación por unas nuevas generaciones cada vez más acostumbradas a experimentar el mundo natural a través de una pantalla.
Y de ahí surgió otra conclusión sencilla pero importante:
hay que volver a salir al campo.
Porque los parques naturales, los senderos, las rutas y los programas de conservación existen también porque una sociedad considera que esos espacios tienen valor.
Una conclusión especialmente importante para Villa del Río
Quizá ahí se encuentre una de las razones por las que esta Bienal tiene sentido precisamente en Villa del Río.
Nuestro entorno natural puede resultar tan cotidiano que terminemos sin verlo.
El Guadalquivir, la campiña, los espacios de Sierra Morena próximos a la comarca, las aves, los mamíferos, los paisajes agrícolas y toda la biodiversidad asociada forman parte de una riqueza que todavía tiene recorrido para ser conocida, divulgada y puesta en valor desde lo local.
No hace falta convertir cada paisaje en un gran destino turístico. El primer paso es mucho más sencillo: conseguir que quienes viven aquí sepan qué tienen alrededor.
De ahí pueden surgir nuevas inquietudes, vocaciones, actividades educativas, rutas, proyectos de conservación o simplemente ciudadanos más conscientes del territorio que habitan.
Ese es también el espíritu que el Área de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Villa del Río ha querido imprimir a una Bienal cuyo lema, La divulgación ambiental como herramienta de transformación social, encontró en esta segunda jornada posiblemente uno de sus mejores ejemplos.
Y detrás del éxito de esta cita merece destacarse especialmente la labor de Proyecto Anidando, con Javier Rodríguez e Inma Cancio, cuya experiencia, contactos y años de trabajo en el medio natural hicieron posible reunir en Villa del Río a tres profesionales capaces de mostrar no solo sus mejores imágenes, sino aquello que normalmente permanece fuera de ellas.
El resultado fue un salón lleno y un público que permaneció atento hasta la última conversación.
Después de varias horas viendo águilas, lobos, linces, caballos y comportamientos extraordinarios, la gran conclusión de la mañana terminó siendo paradójicamente mucho más sencilla:
quizá lo primero que tengamos que aprender no sea a mirar más lejos, sino a mirar mejor lo que tenemos cerca.
Cabe mencionar la colaboración del la Asociación "El Granaillo" que culminó la jornada con una comida solidaria para todos los asistentes.
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