La política parlamentaria no consiste únicamente en votar sí o no. Entre ambos extremos existe una herramienta plenamente democrática que, en muchas ocasiones, ha servido para desbloquear gobiernos, respetar el resultado de las urnas y permitir que las instituciones echen a andar: la abstención.
Tras las últimas elecciones andaluzas, el Partido Popular volvió a ser la fuerza más votada, pero sin alcanzar la mayoría absoluta. Ese escenario abría distintas posibilidades parlamentarias. Una de ellas era la negociación con otras formaciones para lograr una investidura. Otra, igualmente legítima, era que los grupos de la oposición optaran por abstenerse, permitiendo gobernar a la lista ganadora sin formar parte del Ejecutivo ni respaldar políticamente su programa.
Sin embargo, los partidos de la izquierda descartaron desde el principio esa posibilidad y mantuvieron un rechazo frontal a facilitar la investidura. Es una decisión plenamente legítima dentro de las reglas democráticas, pero también una decisión con consecuencias políticas evidentes.
Al cerrarse la puerta a cualquier abstención, el Partido Popular quedó prácticamente obligado a buscar apoyos en otra formación parlamentaria para garantizar la estabilidad del Gobierno. En la práctica, ese escenario reforzó el papel negociador de Vox, que pasó a convertirse en el socio imprescindible para que la investidura pudiera salir adelante.
Paradójicamente, quienes más han criticado la influencia de Vox han contribuido, desde esta interpretación, a convertirlo en un actor decisivo. Cuando la aritmética parlamentaria no ofrece mayoría absoluta, alguien acaba teniendo la llave. Si unos renuncian a ejercer cualquier capacidad de interlocución, otros ocupan inevitablemente ese espacio.
Quizá la gran cuestión no sea si la izquierda debía haber votado a favor de Juanma Moreno. Probablemente, pocos de sus votantes lo habrían entendido. La verdadera pregunta es si la abstención merecía, al menos, formar parte del debate político. Abstenerse no significa compartir un proyecto; significa reconocer el resultado electoral y permitir que gobierne quien ha obtenido un mayor respaldo ciudadano, reservándose después el derecho —y la obligación— de ejercer una oposición firme, exigente y constructiva.
Porque ahí reside otra reflexión de fondo. Si desde el primer momento se renuncia a cualquier margen de negociación, la oposición pierde buena parte de su capacidad de influencia. El Parlamento deja de ser un espacio donde buscar acuerdos puntuales para convertirse en un escenario de bloques prácticamente inamovibles.
La democracia no termina el día de las elecciones. Continúa cada jornada en el Parlamento, donde el diálogo, la negociación y la capacidad de alcanzar consensos forman parte de la esencia del sistema. Cuando esos puentes desaparecen, la política se vuelve más rígida y los ciudadanos perciben que las posiciones están decididas de antemano.
Durante los próximos años, la oposición tendrá la responsabilidad de fiscalizar al Gobierno, presentar alternativas y defender sus propuestas. Esa es precisamente su función. Pero queda la incógnita de si, al renunciar desde el inicio a cualquier fórmula que facilitara la investidura sin integrarse en el Ejecutivo, no terminó reduciendo su margen de influencia y reforzando el protagonismo de quien finalmente se convirtió en el socio necesario del Gobierno.
Como suele decirse por aquí, les quedan cuatro años de "pasear libros y patalear" desde los escaños, porque la mayoría parlamentaria permitirá al Gobierno sacar adelante buena parte de sus iniciativas. La abstención podía haber servido para favorecer un escenario más dialogante y ejercer una oposición con mayor capacidad de negociación. Al descartarla, han optado por una estrategia de confrontación cuyos efectos, previsiblemente, reducirán su margen de influencia en los próximos cuatro años.
La abstención nunca es una derrota. Es una herramienta parlamentaria prevista por el sistema democrático para situaciones en las que ningún partido obtiene una mayoría suficiente. Utilizarla o no forma parte de la estrategia política de cada formación. Lo que resulta indiscutible es que también tiene consecuencias.
Y quizá esa sea la principal enseñanza de este proceso: en política, tan importantes son las decisiones que se toman como aquellas que se decide no tomar. Porque, al final, toda renuncia abre la puerta a que otro ocupe el espacio que se ha dejado libre.